Irse o quedarse ¿desde cuándo nos vamos de El Salvador?

Fotografía tomada el 7 de Julio de 1969 en San Miguel, El Salvador (el 14 de Julio estalló la guerra de las 100 horas). Refugiados Salvadoreños durmiendo, que huyeron de Honduras y se refugiaron en la sede de La Cruz Roja. Unos 14,000 salvadoreños habían abandonado Honduras en ése momento. (Foto EDH/AFP)

Marvin Aguilar

En la investigación de Carlos Lara Martínez sobre el proceso de formación de un grupo étnico salvadoreño-calgariano en Canadá patrocinado por la Universidad de Calgary y publicado por CONCULTURA en 1994 nos acerca a comprender cómo los salvadoreños nos adaptamos a nuevas realidades –agregaría yo- desde hace generaciones. Si bien el estudio en cuestión explica la llegada de salvadoreños a Calgary, provincia de Alberta a mediados de los 80s los salvadoreños venimos yéndonos tal como lo narra el Poema de Amor de Roque Dalton desde que se construyó el canal de Panamá en 1904. La migración hacia EE.UU. puede ubicarse un comienzo en una pequeña cantidad de salvadoreños aventureros que decidieron participar en las guerras de 1941-1945 y 1950 (mi hermano mayor estuvo en la guerra de Corea). Después desde la década de los 40s comenzará una tercera ola hacia Honduras, llegando a censarse en 1969 un aproximado de 300,000 salvadoreños de los cuales fueron expulsados 100,000 debido al conflicto honduro-salvadoreño. Ya en esos años iniciaba la migración de colaboradoras del hogar hacia Italia, Milán en especial, iniciada por religiosos católicos la cual terminaría definiendo la que ahora es la comunidad más importante de salvadoreños en Europa.

Salvadoreños en New York celebrando el Dia del Salvadoreño en 2015.
(Foto Créditos La Tribuna Hispana)

En la medida que se fue acrecentando la represión política y con ello la crisis económica directamente proporcional aumentó la inestabilidad social a finales de la década de los 70s los sectores rurales y tugurios urbanos comenzarían a migrar hacia Estados Unidos. La guerra civil iniciada en 1980 será la causante directa de que se terminara formando lo que ahora se llama (más allá de identificaciones partidarias) diáspora salvadoreña. Las huidas de exiliados ampliaría incluso fuera del continente por motivos políticos los lugares donde se asentarían connacionales: Nicaragua, Cuba, Costa Rica, México, Panamá, Canadá así como Suecia y Australia.

Una vez firmada la Paz en 1992 la migración continúo. Esta vez por motivos siempre económicos además de seguridad personal relacionada con las pandillas (resultado de una mal gestionada pos guerra) que agravadas con los desastres naturales a los que es propenso El Salvador han calificado en la cosmovisión de los políticos estadounidenses a los salvadoreños en un problema de seguridad nacional en EE.UU. las caravanas de migrantes como un desafío a la realidad nacional que se sucedieron en 2018 y 2019 dejaban en claro lo lejos que esta de resolverse el problema de migración. Solo la pandemia de COVID19 del 2020 ha ralentizado los flujos de personas expulsadas hacia otros países pero la crisis económica que vaticina la crisis sanitaria por el corona virus solo presagia más violencia social y desde luego más migración hacia el exterior.

II
La nostalgia de la tierra abandonada, familiares que aún quedan aquí y quizá solo los amigos de la infancia que debieron quedarse está haciendo una inversión de la migración. La compra y construcción de viviendas apertura de negocios de todo tipo son la muestra palpable que los salvadoreños que una vez se fueron han comenzado a repatriarse y no vienen solo, traen inversiones, mejores conocimientos y deseos de participar en los asuntos públicos ya sea por medio de Ong’s o partidos políticos.

El salvadoreño migrante siempre se fue para lograr en el extranjero lo que aquí nunca las elites dominantes permitieron a las mayorías lograr: vivir mejor. Sin embargo irse tuvo sus costos psicológicos y emocionales: algunos perdieron sus identidades particulares y su cultura para poder adaptarse a una sociedad capitalista anglosajona. Otros construyeron nuevas identidades con lo que llevaban y lo que encontraron y finalmente los que estando en tierras extrañas nunca perdieron su cultura. Este proceso de negociación entre el país que los recibía y el salvadoreño fue doloroso ya que sin saberlo estaba produciéndose en él, una nueva identidad étnica que con el tiempo involucro a su descendencia que en la mayoría de los casos no les interesa saber nada de El Salvador.

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